
Sí, es una película sobre The Libertines, pero no, no cae en la tentación de convertirse en una E True Hollywood Story. Y eso ya es decir bastante para un documental que gira alrededor de la banda más problemática de Inglaterra, cuyo líder solía entrar y salir de cárceles y clínicas de rehabilitación como quien va a comprar cerveza al chino de la cuadra. En su primera experiencia como director, en cambio, el fotógrafo Roger Sargent aprovecha el pase libre que su larga amistad con los miembros del grupo le otorga para meterse en ensayos y camarines, y para salir de paseo con cada uno de ellos por los diversos lugares que marcaron a fuego la historia del grupo. ¿La excusa? La breve reunión de la banda en 2010, que los llevó a tocar en los festivales de Reading y Leeds, los conciertos más grandes de su carrera. Lo más jugoso, obvio, está en el mano a mano: Pete Doherty y Carl Barat cuentan su versión de los hechos por separado, y exponen su relación de amor-odio sin filtro y con una ternura casi infantil.

Cuando su familia decide mudarse, Laure tiene la posibilidad de comenzar de cero. Nadie la conoce y en su primer contacto con alguien de su edad elige presentarse como Michael. A partir de allí experimenta, vive como un varón una porción de su vida. De a ratos, en su casa, es la hermana mayor de la pequeña Jeanne, y en otros momentos es un chico más del grupo del barrio con quienes juega al fútbol, pelea, escupe y hasta logra llamar la atención de Lisa. Como repitiendo esta estructura puertas adentro, mientras la madre parece negar absolutamente lo que sucede, el padre, mucho más permeable, acompaña las decisiones de Laure/Michael de una forma más o menos solapada. Durante todo el verano llega a crearse un nuevo yo, dejando de ser una chica poco femenina (una marimacho) para ser otro, un él en plenitud. Una vez logrado esto, dando cuenta de algunos rebusques caseros, dará rienda suelta a la posibilidad de explorarse y buscar, en definitiva, su propia identidad.

“Si se deshumaniza a Hitler y se lo muestra sólo como un demonio, cualquier Hitler del futuro podría ser irreconocible debido a que es un ser humano”. Parece mentira que siguiendo una premisa tan simple y racional, el documental de Philippe Mora haya generado tanto revuelo en el momento de su estreno en Cannes. Pero no, la reacción del público presente ante las imágenes nunca antes vistas de un Hitler humanizado –recreativo, ocioso, en colores– fue tan escandalosa que, según recuerda su director, luego de varios gritos y de una silla arrojada a la pantalla, la proyección tuvo que ser detenida. Casi cuarenta años después, aun cuando las imágenes ya recurrentes de Hitler y Eva Braun en su casa en los Alpes han perdido su costado más enfurecedor, Swastika permanece intacta como una película de compilación que no sólo expuso el ascenso y la caída del nazismo mediante imágenes principalmente cotidianas, sino que supo prefigurar el futuro del documental.

Helsinki vu par Peter von Bagh: un retrato de la capital finlandesa hecho con material tomado de todas las fuentes y épocas, con noticiarios que encuentran su lugar tan fácilmente como las escenas de películas, gracias a un increíble montaje guiado por una lógica emocional que cuestiona sucesos históricos reales. El film más conocido de Von Bagh representa un logro impresionante, una épica del tiempo recobrado y vuelto a perder.

Inspirado en un caso real que conmovió a la sociedad y la prensa de los Estados Unidos en 2008 (en este caso, la historia es trasladada a la zona costera de Lorient, en Francia), este primer film de las hermanas Coulin expone con inteligencia (esto es, con sensibilidad, fluidez y a la vez con profundidad, sin caer en la bajada de línea, el psicologismo barato ni la “denuncia” horrorizada) la historia de las 17 chicas del título, de entre 14 y 16 años, compañeras en el mismo colegio secundario, que toman la decisión de embarazarse juntas con la idea de compartir esa experiencia íntima y también como forma de rebelarse ante el contexto opresivo y desolador de esa comunidad. El film es casi siempre inquietante, provocador, desafiante, y nos cuestiona, desde un lugar con más preguntas que respuestas, respecto del siempre contradictorio e indescifrable universo adolescente.

El titular posible no podría ser más sensacionalista: “Quinceañera embarazada por escuchar un cassette de rock”. Y costaría mucho creerlo, sí, de no ser porque la película de Rebecca Thomas no muestra nada, ni una pizca de imagen, que sirva para descartar la teoría de la inmaculada concepción de Rachel, una joven mormona de una comunidad fundamentalista de Utah que de un día para otro espera un hijo. En cambio, el film le sigue la corriente, acompañando a su heroína perpleja por el desierto hasta la ciudad de Las Vegas, catedral de luces de neón y máquinas tragamonedas, con la esperanza de encontrar alguna respuesta a su milagro localizando a la banda del cassette. Del paso de un estado a otro, del deambular entre mundos opuestos, de un mismo cuerpo en el que confluye lo mágico y lo despiadadamente humano, Electrick Children construye un puente que posibilita lo pocas veces posible: que la incertidumbre devenga en una de las emociones más intensas que el cine pueda transmitir.
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(Estos últimos dos fueron robados despiadadamente de La Rupuze)
La lista podría ampliarse o reducirse sin previo aviso.
Cuando mi hermanito cumplió 5, yo tenía 11 y me mandaron a animar la fiestita. Esta podría ser la historia de como puse a una nena que usaba aparatos para caminar a ser el pato en el pato ñato, pero no lo es, aunque sí pasó.
Me pagaron por la tarea con Dude Ranch, el disco de Blink 182 editado en 1997 por Cargo Music y MCA Records. Mainstream hipster. Me sentía muy extremadamente cool con ese cd y el discman que me había traído Papa Noel, y me sentía realmente cool por escucharlo todo el puto día.
El punto en realidad no es ese, sino que ahorita, después de una pequeña bocha de tiempo, lo estaba escuchando en Grooveshark y recordé un pensamiento muy concreto y el momento en que lo tuve: “en la vida de verdad ya voy a saber que cuando tenga 4 va a salir y se lo puedo pedir a mis papás y tenerlo de antes”.
Encuentro dos cosas particularmente llamativas:
Esto me llevó a recordar, entonces, que de aún más chica, aunque ya bastante grandulona, pensaba que la vida era un ensayo general, que después íbamos a poder volver y cambiar las cosas sabiendo como se iba desarrollando la vida y el mundo.
Lo particular es que en esta concepción del ensayo general de vida, era realmente un ensayo general. No podías cambiar los grandes eventos, el nudo, o el desenlace, solo las cosas chiquitas, pequeños diálogos, escenografías, u didascalias, como comprarte o no un CD, o ponerte botas de lluvia, o no abusar del xD, o salir 20 segundos antes para no perderte el colectivo.
También me acuerdo de darme cuenta que la vida no es un ensayo y es la vida y es lo que hay pero de eso ya escribieron muchos poetas, y yo tengo tumblr.
*Tip: este método funciona aún mejor cuando el interlocutor a) no está besando a ninguna lisiada b)no sabe de qué se trata.

Anónimo: Si él supiera todo lo que yo se de él, probablemente entraría al programa de protección a testigos para denunciantes de la mafia. No se si pueda seguir haciéndome el sorprendido cada vez que me cuente algo nuevo. Estaría mal decirle: see ya lo se?? lstaropoli
Una vez un chico me dijo “Yo soy Juan” y yo le dije “Sí ya sé” así que no sé si soy la persona más adecuada para hacerle esta pregunta.
Pero si te gusta vivir al límite, sí, decile que ya sabés. O sorprendelo contándole algo de sí mismo, hacete el adivino.
Cuando era chiquita, mi canción preferida para que me cantara mi mamá era La Marcha de Osías, de María Elena Walsh (genia, capa, máster, titán). Yo la cantaba, obviamente, como de un osito que camina y quiere comprarse una pelota y que la abuela le cuente cuentos, hasta que entré al secundario y me cambié de secundario y conocí al mate y a Perón y todo tuvo sentido.
Osías, el osito en mameluco
paseaba por la calle Chacabuco
mirando las vidrieras de reojo,
sin alcancía pero con antojo.
Por fin se decidió y en un bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero tiempo, pero tiempo no apurado,
tiempo de jugar que es el mejor.
Por favor, me lo da suelto y no enjaulado
adentro de un despertador.
Osías, el osito, en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero un río con catorce pescaditos
y un jardín sin guardia y sin ladrón.
También quiero para cuando esté solito
un poco de conversación.
Osías, el osito, en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero cuentos, historietas y novelas
pero no las que andan a botón.
Yo las quiero de la mano de una abuela
que me las lea en camisón.
Osías, el osito, en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero todo lo que guardan los espejos
y una flor adentro de un raviol
y también una galera con conejos
y una pelota que haga gol.
Osías, el osito, en el bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero un cielo bien celeste aunque me cueste,
de verdad, no cielo de postal,
para irme por el este y el oeste
en una cápsula espacial.
Esto es un gran espóiler.